Experiencias de meditación en parques de Lisboa
- durgaloto
- hace 4 días
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Algunas de las experiencias más reveladoras de mi camino llegaron en lugares aparentemente cotidianos. Durante una etapa en la que trabajaba en una oficina en el centro de Lisboa, aprovechaba muchos de mis descansos para meditar en parques cercanos.
En esta entrada quiero compartir dos experiencias muy diferentes que surgieron en esos momentos de silencio. La primera me permitió comprender el origen de un patrón que se repetía en mi vida desde hacía años. La segunda me mostró una forma completamente nueva de percibir la energía de las personas.
Aunque parecen temas distintos, ambas experiencias están unidas por una misma idea: la meditación puede revelar información que ya está presente en nosotros, pero que normalmente permanece fuera de nuestra conciencia.
Una meditación sobre el embarazo de mi madre y el origen de un patrón repetitivo

Durante una pausa para comer en Praça da Alegria, tras terminar me senté a meditar como hacía habitualmente. A los pocos minutos me encontré viviendo una experiencia completamente distinta.
Me vi dentro del vientre de mi madre.
No era un recuerdo visual como los que solemos imaginar. Era una experiencia sensorial completa. Sentía el entorno desde dentro, suspendida en el líquido amniótico, percibiendo el ambiente que me rodeaba.
Y en ese momento comprendí algo que marcó profundamente mi vida.
Durante el final del primer trimestre de embarazo, mi madre atravesaba una etapa difícil. Mi padre trabajaba muchas horas, estudiaba cuando estaba en casa y la relación entre ellos pasaba por momentos complicados. Ella se sentía sola.
En la meditación pude sentir el conflicto que vivía internamente.
Por un lado quería tenerme.
Por otro, no quería afrontar la maternidad en esas circunstancias.
Fue entonces cuando apareció una sensación que reconocí inmediatamente: el impulso de desaparecer.
De hacerme pequeña.
De retirarme.
De no seguir adelante.
Sin embargo, por encima de todo permanecía algo mucho más fuerte: el amor de mi madre por mí. Y fue ese amor el que sostuvo el embarazo.
Mientras observaba todo aquello comprendí algo que llevaba años repitiéndose en mi vida adulta.
Desde la universidad había detectado una tendencia muy concreta: durante ciertos meses del año aparecían dudas intensas, deseos de abandonar proyectos, cambiar de rumbo, romper con lo construido o empezar de cero.
En ocasiones solo se quedaba en pensamientos.
En otras, se traducía en cambios importantes de trabajo, país, relaciones o estilo de vida.
Durante aquella meditación entendí que esos periodos coincidían exactamente con el momento del embarazo en el que surgió aquel impulso inicial de desaparecer.
Por el contrario, también comprendí por qué otros meses del año me sentía llena de fuerza, confianza y vitalidad.
Correspondían al último trimestre de gestación, cuando ya existía una determinación total de seguir adelante y nacer.
Aquella experiencia me permitió entender un patrón que había observado durante años sin conocer su origen.
Y, sobre todo, me mostró hasta qué punto las emociones vividas antes de nacer pueden seguir resonando mucho tiempo después.
El origen del símbolo de Durga Loto

La segunda experiencia ocurrió en otro de mis lugares favoritos durante aquella etapa: Jardim do Torel, un pequeño jardín con vistas sobre Lisboa.
Después de comer me senté en el césped, cerré los ojos y entré en meditación.
En un momento apareció ante mí una flor luminosa de color celeste con cuatro pétalos.
La observé durante unos instantes hasta que una voz interior me indicó:
—Abre los ojos.
Al hacerlo, seguía viendo aquella flor.
No desapareció.
Se mantenía entre mí y las personas que caminaban por el parque, como si fuese un filtro transparente a través del cual podía observarlas.
A través de ese símbolo podía ver con claridad qué centros energéticos estaban activos en cada persona.
Algunas brillaban principalmente en la parte superior del cuerpo.
Otras mostraban más actividad en los centros inferiores.
Y en casos muy concretos podía percibir una activación completa de todo el sistema energético o ninguna actividad.
Era tan evidente como entrar en una habitación y ver qué luces están encendidas y cuáles apagadas.
No requería interpretación.
Simplemente estaba ahí.
Años después seguí observando lo mismo en distintas ocasiones.
Recuerdo especialmente una terapeuta especializada en terapias cuánticas cuyo campo aparecía intensamente iluminado desde el corazón hasta la coronilla, mientras los centros inferiores permanecían mucho menos activos. Su conexión con los planos sutiles era extraordinaria, pero también pude comprender la importancia de mantener un equilibrio entre el desarrollo espiritual y el arraigo en la vida cotidiana.
Aquella experiencia me enseñó algo muy simple:
No estamos aquí para desarrollar una sola parte de nosotros.
Estamos aquí para integrar todas.
La conexión con la Tierra y con el Cielo.
La materia y la conciencia.
La acción y la contemplación.
La fuerza y la sensibilidad.
Todo forma parte del mismo ser.
Lo que la meditación me mostró en Lisboa
Estas dos experiencias ocurrieron en parques distintos y hablaban de temas aparentemente diferentes.
Sin embargo, ambas me enseñaron lo mismo.
La meditación no solo sirve para relajarse.
También puede revelar patrones, memorias y aspectos de nuestra realidad que ya estaban presentes, aunque todavía no los viéramos con claridad o no los entendiéramos.
En un caso comprendí el origen de una dinámica que se repetía cada año en mi vida.
En el otro recibí una herramienta que me permitió observar la energía de las personas de una forma completamente nueva.
Las dos experiencias ampliaron mi comprensión de cómo funciona la conciencia y de hasta qué punto todo está conectado.
A veces basta con sentarse en silencio unos minutos para descubrir algo que llevaba toda la vida esperando ser visto.
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